Se te acabaron las noches de sueño tranquilo, se acabaron las farras con los amigos, se acabó la vida de pareja...
Y si bien es cierto que llevo 25 meses sin dormir 4 horas del tirón, que no recuerdo lo que es un concierto, un bar, una borrachera, una salida al cine compartiendo palomitas de colores... Puedo asegurar que eso no es lo duro de la maternidad.
No. No es eso.
Nadie me habló de la impotencia que iba a sentir cuando te pusieras enferma, de cuanto desearía que la vida me permitiera cambiar tu dolor y sentirlo yo.
Tampoco me hablaron de tus lágrimas, ni del dolor sordo que iba a sentir por las mañanas al dejarte llorando en casa o en la guardería al grito de: Mamá no vagis!!!
No me hablaron de tus pesadillas, de cómo iba a sentir yo también tus miedos, no me dijeron que lloraría abrazada a ti para acompañarte.
No me hablaron de la soledad de criar en contravía, de la presión social, ni de todos los expertos en niños que iban a ofrecerme sus amables consejos sin yo pedirlos.
Tampoco me hablaron de la muerte del instinto, ni de lo difícil que iba a ser seguir el mío y acallar las voces externas que se empeñan en cantarle nanas y mantenerlo dormido.
No me hablaron de tus rabietas y los que lo hicieron me dieron la versión equivocada. Nadie me habló de empatia, pero si de límites, control, autoridad...
Nadie me contó que existía la culpabilidad, que iba a sentirla al volver a quedarme embarazada. Nadie me dijo que sentiría como si te robara tu sitio, esa posición tan especial de ser la única en mi corazón.
Nadie me habló de los conflictos sobre crianza con tu padre, de la falta de comunicación, de los reproches, del abismo que iba a sentir que a veces nos separa.
Y nadie me dijo que cada una de estas cosas iba a ser un aprendizaje para mi, que cada pena, cada miedo, cada dolor, cada lágrima me iba a servir para crecer. Cada una de estas cosas es una lección de vida maravillosa que me ayuda a conocerme, a conocerte, a amarme, a amarte...
Y es que hasta lo peor de la maternidad compensa con creces!
